Sobre PAVKA — De la tribu, para la tribu

Esto no es un "sobre nosotros". Llevo media hora mirando la pantalla en blanco y se me ocurren diez formas de empezar y ninguna me convence. Así que lo voy a contar como si te lo estuviera contando en un café.


Un jueves por la tarde. Partido de los de siempre, con las chicas de siempre. Llevaba tres sets encima, hacía un calor que no era normal y yo buscaba la toalla en la bolsa y no la encontraba — se había quedado mojada desde el calentamiento y estaba arrugada en un rincón como un trapo de cocina.

Los overgrips que llevaba me los había comprado mi pareja en una tienda del pueblo. Negros. Demasiado gordos para mi mano. Se escurrían. Las muñequeras eran de mi hermano y me venían como brazaletes romanos.

Y me acuerdo perfectamente de lo que pensé, porque lo pensé en voz alta:

"Tiene que haber algo mejor que esto."

Me fui a casa y me pasé la noche buscando. No había. O lo que había eran productos de hombre pintados de rosa, con etiquetas que decían "para ella" como si eso fuera suficiente.

Y pensé otra cosa que cambió bastante las cosas:

"Pues si nadie lo hace, lo hago yo."

Tardé mucho más de lo que esperaba.

La primera toalla que encargué tenía el bolsillo tan pequeño que no entraba ni la llave del coche. Los primeros overgrips llegaron con un olor a goma que echaba para atrás. Me equivoqué con el tamaño de las muñequeras. Dos veces. Cada fallo eran semanas perdidas y dinero que no sobraba.

Pero iba apuntando todo en un cuaderno que todavía tengo encima de la mesa. Y mandaba muestras a amigas. Y las llamaba a la semana:

— ¿Te aguanta el grip el segundo set?
— ¿Te roza la muñequera cuando levantas el brazo?
— ¿Entra la llave grande del coche en el bolsillo o sólo la pequeña?

Hasta que un día mandé un paquete a una amiga — de las que pegan fuerte, de las que no te regalan elogios. Me contestó con un audio de treinta segundos que todavía guardo. Lo que me dijo, resumido, fue: "Esto es otro rollo. ¿Cuándo puedo pedir más?"

Ahí supe que ya estaba.


De dónde salen las cosas, importa.

Pavka no salió de una sala de juntas. Salió de una mesa de cocina en Murcia, de una bolsa de pádel que cargo yo, y de unas cuantas conversaciones de WhatsApp con amigas que me decían lo que pensaban de verdad — incluyendo lo que no me quería oír.

Prefiero tardar más y sacar algo que me guste, a sacar algo rápido que no sirva. Prefiero que la toalla pese lo que tiene que pesar aunque cueste un euro más. Prefiero que el grip huela a nada antes que a plástico chino.

No tengo patrocinadores. No tengo campañas millonarias. Tengo una marca pequeña, hecha con mucho cuidado, para mujeres que se toman su pádel en serio — aunque jueguen "solo por diversión" (ese "solo" entre comillas, siempre).


Si me compras algo, te prometo tres cosas.

Una.  Cuando abras el paquete va a notarse que alguien ha pensado en los detalles. En el color. En el gramaje. En la forma en que está doblado. En cosas que no deberían importar, pero importan.

Dos.  Si me escribes a pavkashop@gmail.com o por WhatsApp, te contesta una persona. Probablemente yo. Puede que tarde unas horas si estoy en pista o haciendo la cena. Pero te contesto siempre.

Tres.  Si algo no te convence, te devuelvo el dinero. Sin drama, sin preguntas raras, sin formularios eternos. Tienes 30 días. Con eso basta.


Y ya está. Esto es Pavka.

Si has llegado hasta aquí leyendo, de verdad, gracias. Es raro que alguien se pare a leer una página así entera. Y si algún día te toca salir a pista con la toalla mojada y las muñequeras prestadas — acuérdate de que hay una en Murcia que sabe exactamente cómo te sientes, y que está tirando del carro para que esto te pase cada vez menos veces.

Nos vemos en pista.

— Pavka


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